Cuentos de vino: La primer cata de Durruti, el sommelier emocional.

Este cuento forma parte de la movida #MiPrimeraVez de Argentina Wine Bloggers.
La idea era contar alguna experiencia iniciática en relación al mundo del vino. Pensando en cómo sumarme a la misma, me dió la impresión de que mi vida personal quizás no sea tan interesante como para que el lector ande enterándose de ella, así que escribí un pequeño cuento que pretende ser la descripción divertida de la primer cata de Roberto Carlos Durruti, un sommelier particular e imaginario. Espero que les guste y ahí va este nuevo "Cuento de Vino".
Para musicalizar la lectura les dejo una canción que algo tiene que ver con todo ésto aunque no parezca.



Roberto Carlos Durruti nació en la localidad de Labordeboy, provincia de Santa Fé el 25 de junio de 1978, día exacto en que Argentina ganaba un campeonato mundial de balompié, a la hora exacta en que un tal Kempes metía de arrebato el gol que hizo sonreir por primera y única vez en su vida al presidente de entonces. Su primer llanto se entremezcló con los gritos de su padre festejando a los saltos en medio del pasillo que daba a la sala del dispensario donde le daba la bienvenida el Doctor Lorente, médico del lugar que partía al medio su atención entre la pasión por el deporte y el advenimiento de una nueva vida.
Hijo de Clara Antonia Piccinini, fanática declarada del cantautor brasileño que dió nombre al bebé y verdulera de profesión. Calzada en sus batones floreados, proveía de frutas y verduras al pueblo haciendo gala de sus prominentes pechos XXXXL
Cada mañana su verdulería sin nombre se convertía en central de informaciones del pueblo. Todo el que quería enterarse de algo, saber de alguien o pasar la mañana hablando de los sucesos recientes, se daba una vuelta por el expendio de frutas y verduras que siempre estaba musicalizado por alguna canción del cantor del millón de amigos.
Su padre, Carlos Pedro Durruti  alias Cachito, (sobrenombre heredado de su padre, El Cacho, llamado así por razones más bien anatómicas) era carpintero y jugador de cartas, no necesariamente en ese orden. Ganó y perdió varias veces el sustento familiar en el bar del Club Atlético Labordeboy donde se daba cita lo más mentado de la fauna varonil del pueblo.
Dedicaba el tiempo libre que le dejaban las cartas a fabricar muebles a medida en el taller que tenía montado en los fondos de la casa familiar. Era bueno en lo suyo, y lo sabía.
Clara le repetía casi todas las noches que era un desperdicio que no se dedicara más al trabajo y menos a la timba, comentario que derivaba indefectiblemente en una larga pelea llena de reproches cruzados. Ese era el momento en que Roberto Carlos se retiraba a leer las historietas que le llegaban una vez a la semana, todos los martes con el Ranqueles de las 16:53.
El pequeño Durruti tenía una característica diferente. No entendía por qué ni tenía manera de manejarlo, pero había ciertas emociones que lo podían. Lloraba de la emoción, o reía sin parar sin poder controlarse. Su sensibilidad a flor de piel lo convertía en un ser frágil, a punto de estallar en cada momento.
Podia vérselo caminando y riéndose a carcajadas porque quizás recordaba algún chiste de su adorado Landriscina o lagrimeando porque algún perro le recordaba a su mascota muerta en la niñez.
Rara característica la de Roberto Carlos Durruti.
Se hizo sommelier por casualidad y causalidad al mismo tiempo. Su primer trabajo al llegar a Rosario fue de "che pibe" en una distribuidora de bebidas de Zona Oeste. Una cosa llevó a la otra y terminó haciendo un curso especializado después de muchos años de vender vinos.
Con el tiempo fue aprendiendo a ponerse una máscara para no mostrar las emociones que le brotaban sin querer. Así parecía que no le pasaba nada, siempre con la misma media sonrisa, siempre amable, pero un poco distante.
El análisis del vino lo trajo al mundo de los aromas y la vuelta a los problemas.
Esa mezcla rara de frutas y maderas no podían llevarlo a ningún otro lugar que a la casa de su infancia y a sus padres muertos en un accidente volviendo de Santa Rosa de Calamuchita. A su pueblo idealizado por el paso del tiempo. A sus emociones que le saltaban a borbotones sin pedir permiso.
Roberto Carlos Durruti se negaba a dirigir catas por esa razón.
La distribuidora en la que trabajaba se había vuelto grande y él ocupaba un lugar importante en la pequeña estructura empresarial. Muchas veces se lo ofrecieron, pero no quería ponerse frente a la gente. Sabía que había algo de lo oculto, de lo inexplicable que terminaría por hacerlo caer en ese lugar sin control que le brotaba de las tripas.
Pero como con el destino no se puede jugar, finalmente el día llegó y Roberto Carlos Durruti no pudo hacer nada para negarse.
La noche del viernes 13 de Mayo de 2015, la distribuidora presentaba su nueva y rutilante incorporación. Una pequeña bodega boutique de la que todo el mundo del vino hablaba. Fermín Zárate, el titular de la distribuidora había hecho ingentes esfuerzos por tenerla en su porfolio y hasta alguna trampita para que no cayera en manos de la competencia. Tenía un especial interés en esa presentación.
Roberto Carlos Durruti había hecho la lista de invitados, los preparativos, descorchado y decantado los vinos y saludado a todos los presentes hasta diez minutos antes del comienzo del evento.
Todo estaba listo, pero el sommelier contratado no aparecía.
Y la gente se impacientaba.
Y Fermín Zarate, el dueño de la distribuidora, se impacientaba.
Un mensaje fatídico llegó a su celular quince minutos después de la hora señalada para el inicio del evento: "no llego pinche en Circunvalación y sin auxilio".
Fermín Zárate enloquecido insultó en varios idiomas. Encaró a Roberto Carlos Durruti, lo increpó, lo empujó y hasta amenazó con echarlo si en ese mismo instante no se ponía adelante de la gente y presentaba la bodega. Las opciones eran la cata o el despido.
Fue así como Roberto Carlos Durruti tuvo que hacer lo que nunca quiso y ponerse el evento al hombro.
Su primer cata sería improvisada, ante un público importante, en una fecha importante y sin querer hacerlo.
Como predestinado al cadalso se acomodó el saco sport y puso su sonrisa impersonal, esa que lo mantenía lo suficientemente alejado del mundo como para no sufrir. Hizo la señal de la cruz y comenzó la charla.
-"Bodega Sorlento nace hace cincuenta años de la mano de Guiseppe Sorlento un inmigrante napolitado que... (bla, bla, bla)..."
El comienzo del discurso transcurrió sin demasiadas vicisitudes. Ese arranque seriado de toda cata que pasa de la locación de la bodega, a la historia familiar, a la primera añada, etc. en la que todos se aburren y ven pasar datos duros ante sus ojos sin registrarlos, solo esperando el vino con la copa vacía.
El problema apareció ante el primer vino. Un Sauvignon Blanc del Alto Agrelo donde la bodega tiene su finca. El vino en cuestión era del año, con aromas a cítricos, especialmente pomelo rosado. Un toque herbáceo y algo de pera cocida. Un vino muy frutado que le trajo a la mente la imagen vívida de su madre dirigiendo el curso de los chismes en medio de una espléndida mañana primaveral de principios de los ochenta en Labordeboy, provincia de Santa Fe.
La recordaba perfectamente. Ella llevaba puesto un batón violeta con enormes flores rosadas y su busto prominente la precedía. Una señora le preguntaba si los pomelos estaban maduros y ella le respondía que eran mucho más dulces que los de la semana anterior mientras informaba a otra señora sobre los pormenores del embarazo de una adolescente y las malas costumbres del padre, un señor casado dueño de 500 hectáreas de campo. Para demostrar el dulzor de la fruta, había tomado un pomelo del cajón y lo había pelado hábilmente con los dedos para mostrarlo. El resto se lo dejó a Roberto Carlos para que lo comiera. Volvió a sentir la fruta en su boca e inmediatamente brotaron las lágrimas de sus ojos como pequeños ríos sin destino.
Callado y lagrimeando con una copa en su mano derecha volvió a la realidad viendo la mirada extrañada de la gente viéndolo. Tomó aire profundamente y siguió con lo suyo como si nada hubiese pasado.
El vino que seguía no ayudó mucho. Era un Malbec de la línea reserva con quince meses de barrica de roble frances de primer uso y de cosecha 2013, demasiado jóven aún para ser mostrado.
La anécdota de la vez que su padre lo puso sobre un pila inmensa de tablones y lo dejó ahí por un par de horas porque tenía que jugar un número a la quiniela y se olvidó de su existencia, lo asaltó y se empezó a reir a carcajadas de la colgadura de su viejo, pobre viejo que no podía dominar su debilidad. Se volvió a ver allí, solo en medio de tanta madera, divertido y asustado a la vez. Jugando a ser el escalador que había llegado a la cima de la inmensa montaña, que todo lo veía desde la altura. Esa tarde solitaria y mágica lo llenó y brotó en carcajadas de felicidad que hicieron que se doblara de la risa y volcara parte del contenido de la copa en el piso.
Fermín Zarate se puso nerviosos porque parecía que se estaba riendo del vino. La concurrencia empezó a reírse junto con el sommelier, dudando de su salud mental.
Fermín Zárate lo volvió a la realidad con un grito impetuoso:
- Durruti, por favor!-
Un duro silencio se pronunció en la sala.
El siguiente vino, un Cabernet Sauvignon también de Agrelo de la cosecha 2009 que intentó ser el salvoconducto a la cordura, se convirtió en la ancha avenida hacia el desastre.
Era la mezcla perfecta de fruta madura, quizás frutillas o frambuesas, con pimiento rojo y madera y tabaco. Ese olor al taller de su padre y a la verdulería de su madre, todo junto en una sola olfación lo hizo romper en llanto como niño.
Levantaba los brazos mirando al cielo preguntándose a los gritos "Por qué!", para después apoyar su cabeza en el hombro de Fermín Zárate, y soltar toda la angustia que llevaba dentro de un tirón sin poder contenerse.
Le brotó un llanto profundo, de niño que extraña a su familia, esos veranos idílicos, esas tardes fantásticas. Roberto Carlos Durruti sintió en una olfación que el tiempo se llevó algo muy preciado de su vida y que nunca más se lo devolvería. Y por eso y porque extrañaba a sus padres rompió en un llanto desconsolado que lo quebró hasta borrarle la capacidad de hablar.
Fermín  Zarate solo atinó a llevarlo a la vereda para que tomara aire. Nada había para decir. La nueva incorporación seguramente se recuperaría con las ventas, pero la imagen de Roberto Carlos Durruti como sommelier estaba perdida para siempre.
La vergüenza y el desastre lo empujaron por el camino de la retirada deshonrosa.
Llorando por calle Urquiza en una fría noche de otoño, Roberto Carlos Durruti volvió a su casa sollozando y sabiendo que su primer cata también había sido la última.



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